Subir al Everest se ha vuelto, para muchos, el símbolo máximo de superación. Pero mientras miles de personas pagan fortunas para «conquistar» la montaña, lo que se conquista, en realidad, es una paradoja: en nombre del amor por la naturaleza, se la destruye. A casi nueve mil metros de altura (8.848,86 metros), donde el aire escasea y cada paso es una batalla, el paisaje también está lleno de desechos. El techo del mundo se ha convertido, literalmente, en el basurero más alto del planeta.
Las últimas campañas de limpieza organizadas por el gobierno de Nepal han recogido más de 11 toneladas de residuos —tiendas de campaña, botellas, tanques de oxígeno, ropa, plásticos e incluso restos humanos—. Y aún así, cada temporada deja más. Algunos cálculos estiman que más de 50 toneladas de basura permanecen esparcidas entre los campamentos del Everest, junto con más de tres toneladas de excrementos humanos congelados en la ruta. No es una exageración ni un titular alarmista: es la huella literal de la ambición humana.

El Everest, que debería ser una escuela de humildad, se ha vuelto un espejo incómodo. Lo escalan quienes dicen amar la naturaleza, pero lo hacen dejando tras de sí lo que la destruye: basura, desechos, plástico, químicos, heces. En 2024, el diario The Guardian lo resumía con crudeza:
«La montaña más alta del mundo se está hundiendo bajo el peso del turismo».
Y es difícil contradecirlo.
El problema, sin embargo, no es solo estético. El hielo comienza a liberar microplásticos, los residuos contaminan el agua que beben las aldeas del valle y los excrementos, que no se degradan a esa altura, permanecen allí durante décadas. Lo que antes era símbolo de pureza se convierte, lentamente, en un monumento a la contradicción moderna: la del ser humano que busca la naturaleza como escape, pero la trata como vertedero.


Imágenes: AP News
Las autoridades han intentado responder. Hoy cada escalador debe bajar al menos 8 kilos de basura de regreso si no quiere perder su depósito. Hay bolsas especiales para recoger desechos humanos, y proyectos que intentan usar drones para limpiar zonas inaccesibles. Pero nada de eso resuelve la pregunta de fondo: ¿por qué seguimos creyendo que admirar la naturaleza consiste en conquistarla?
Quizás el verdadero reto del siglo XXI no sea alcanzar la cima, sino aprender a no destruir lo que tocamos. El Everest seguirá allí mucho después de nosotros. Lo que no está claro es qué dejaremos en él: huellas… o basura.
El Everest no necesita ser conquistado; necesita ser respetado.
