La relación entre prensa gastronómica y restaurantes hace tiempo dejó de ser completamente independiente. El lobby existe y es parte normal de la industria: invitaciones, degustaciones, viajes, aperturas privadas y trato preferencial a periodistas y medios especializados.
El problema no es la invitación. El problema es qué pasa después de sentarse a la mesa.
Hoy gran parte del contenido gastronómico parece incapaz de incomodar. Todo es «imperdible», «increíble» o «de alto nivel», incluso cuando muchos restaurantes tienen servicios inconsistentes, propuestas sobrevaloradas o experiencias muy distintas para el cliente común.
Muchos periodistas terminan cubriendo una versión intervenida del restaurante: mejores mesas, atención reforzada, platos seleccionados y presencia constante del chef o del equipo de comunicaciones. No viven la experiencia real que vive el público.
Y la crítica prácticamente desapareció.
Porque en un ecosistema pequeño, donde los medios dependen de relaciones, acceso y auspicios, criticar puede significar dejar de ser invitado. Entonces aparece la autocensura: se suaviza, se evita o simplemente se calla.
El resultado es una prensa gastronómica cada vez más cercana a las relaciones públicas que al periodismo.
Por supuesto, existen periodistas serios y honestos. Pero también existe una parte importante de la industria donde la cercanía con restaurantes terminó afectando la independencia editorial.
Y el público ya empezó a notarlo.
