Hace no tanto, ir a un restaurante era un acto de reparación. Uno iba a comer bien, a sentirse cuidado, a salir distinto: más liviano, más repuesto.
Hoy, en cambio, se come con cautela. Se mide el bocado, se observa el montaje, se espera el próximo «tiempo». La comida ya no se comparte: se administra.
La gastronomía decidió que la escasez podía ser elegante. Así nacieron los platos mínimos, los relatos largos y los precios altos. Todo se dosifica: el sabor, el hambre, el placer.


Pero la palabra restaurante viene de restaurar: devolver fuerzas. Y muchos ya no lo hacen. Impresionan, sí. Pero no reconfortan.
El negocio ganó en espectáculo, pero perdió en hospitalidad. Y cuando la comida deja de llenar, también deja de proteger.
Lo curioso es que varios chefs ahora vuelven al guiso, al pan, al plato hondo. Tal vez entendieron que la gente no quiere ser deslumbrada, sino abrazada por la comida.
Porque comer, al fin y al cabo, sigue siendo una necesidad. Y el buen restaurante no es el que asombra: es el que repara.

Que tremendo lo que acabo de leer
Waoo